Albert Boadella
Catálogo

Obras

Laetius
1980 Teatro

Laetius

Laetius significa en latín algo aproximado a más que la vida y más que la muerte. El nombre ya lo dice todo. Partimos de una premisa que en 1980 no parecía descabellada — y que hoy lo parece aún menos: la autodestrucción de la humanidad es algo que se da por sentado. La Tierra no es más que un pequeño planeta dentro del orden cósmico, destinado a producir ciclos de vida y a la vez a destruirlos, y los ingenios nucleares que nos rodeaban nos permitían afirmar con cierta tranquilidad que estábamos viviendo los últimos momentos de nuestro ciclo. Los síntomas sociales eran los de siempre, los mismos que en otras etapas finales: diluvios, Sodoma, decadencia. Todo en orden, pues, para accionar el conmutador. Pero el espectáculo no es una elegía sino un reportaje. Después del cataclismo nuclear surge una nueva forma de vida: Laetius, una criatura con cierto parecido externo al hombre actual pero con mutaciones que resultan ser ventajas, fruto de su íntima relación con la tierra y su adaptación a un planeta estéril y desértico. Laetius va creando lentamente su propia manera de vivir, de relacionarse, de evolucionar al ritmo de su entorno. Y los actores que le dan vida acaban sintiéndolo como algo propio, con un respeto y una veneración que crece a medida que lo conocen — ese afecto extraño que experimentan todos los creadores de seres vivientes, de Frankenstein a Pigmalión, cuando la criatura empieza a tener vida propia y ya no les pertenece del todo. Quizás sea esa la mejor definición del teatro.

L'Odissea
1979 Teatro

L'Odissea

La Odisea nació de la idea de llevar al teatro lo que había empezado como serie de televisión. Empezamos los ensayos, pero la justicia militar tenía otros planes para mí: fui detenido de nuevo, aún pendiente del juicio por La Torna, y los ensayos se detuvieron. Fue Domènec Reixach, que había empezado como ayudante de dirección, quien tuvo el temple y la generosidad de reemprender el trabajo sin mí y llevar el espectáculo hasta el estreno en Mallorca, en septiembre de 1979. Que la obra saliera adelante en esas circunstancias dice mucho de él y del equipo. El espectáculo en sí es un canto al Mediterráneo y a los mediterráneos — y nosotros, que llevábamos años reivindicando precisamente eso, no podíamos dejar pasar a Homero. Nuestra versión no es una transcripción arqueológica ni pretende serlo: es una visión libre y desenfadada que extrema el espíritu fundamental de la obra, con los caracteres mágicos, épicos e ingeniosos de la cultura mediterránea sacados a relucir mediante un humor a menudo iconoclasta. Incluimos los capítulos de la Ilíada sobre la destrucción de Troya, porque Ulises no existe sin lo que dejó atrás. A través de sus aventuras vamos reconociendo, con mayor o menor comodidad, algunos de nuestros propios rasgos, porque el comportamiento profundo de los hombres no ha variado demasiado desde entonces. Los héroes no son tan héroes y los dioses no son tan divinos — y esa es exactamente la gracia. Trabajar en esta historia-leyenda fue, para todos nosotros, también una fantástica odisea. Aunque para algunos más accidentada que para otros.

M-7 Catalònia
1978 Teatro

M-7 Catalònia

M-7 Catalònia nació en el exilio, creada en Francia mientras el consejo de guerra por La Torna aún pesaba sobre nosotros, y eso tal vez explica la lucidez furiosa con que mirábamos desde fuera lo que estaba pasando dentro. El espectáculo imagina un futuro próximo — o quizás ya presente — en que dos científicos, los doctores Noguera Grau y Plana River, presentan en una conferencia-demostración el resultado de su investigación sobre el sector 7 del Mediterráneo: un territorio casi extinguido, habitado apenas por cuatro ancianos, cuyos últimos vestigios culturales han sido catalogados, embalsamados y reconvertidos en áreas de esparcimiento social para que los ciudadanos del norte desarrollado "jueguen" a ser mediterráneos en sus ratos de ocio. La ciencia como nuevo tótem, los viejos como objetos molestos sin cabida en la modernidad, y nosotros — los del sur, los exóticos, los folclóricos — convertidos en conserjes del Mediterráneo, guardando los chiringuitos de los bárbaros instalados alrededor de un mar que cada día se parece más a un sanitario público. María Antonieta ya lo había intentado a su manera, construyendo un pueblo ficticio en los jardines de Versalles para jugar a campesina con sus cortesanos. La diferencia es que esta vez el experimento no es clasista: va dirigido a todos los ciudadanos, sin distinción, siempre que la práctica quede estrictamente limitada al apartado de ocio y esparcimiento. El teatro acaba siempre por descubrir una realidad más imaginativa que cualquier fábula que uno pueda inventar. M-7 Catalònia no era ficción. Era una profecía.

La Torna
1977 Teatro

La Torna

El 2 de marzo de 1974 Puig Antich y el polaco Heinz Chez morían ejecutados en Barcelona y en Tarragona respectivamente. Del primero, se ha hablado mucho: era militante político, tenía nombre, tenía causa, tenía quienes lo lloraran. Del segundo, Heinz Chez, no sabemos casi nada. Era polaco, o quizás no. Ese nombre puede que fuera falso también. Había perdido a sus padres con cinco años durante la guerra, había sobrevivido en un internado alemán, había recorrido Europa como comediante de calle, solitario y errante, hasta que un día disparó sobre un guardia civil en un camping de Tarragona. Murió como una rata, que es exactamente como el sistema quería que muriera: sin familia, sin amigos, sin historia, sin que nadie preguntara demasiado. Porque Heinz Chez no era la condena. Era la torna. En catalán, la torna es lo que se añade en la báscula cuando el peso no llega. Cuando el Estado necesitaba ejecutar a Puig Antich sin que pareciera demasiado político, añadió a Heinz en la balanza para desorientar a la opinión pública, para confundir activista con delincuente común. Una vida humana como contrapeso. Eso fue lo que ocurrió, y eso fue lo que quisimos contar. No construimos una tragedia sino una comedia de máscaras, que es como debía ver aquel hombre el mundo que lo juzgaba: un esperpento incomprensible en una lengua que no era la suya, con ritos judiciales que le resultaban tan ajenos como absurdos. Quisimos tratarlo con la máxima simplicidad escénica, porque algunas de esas situaciones, a pesar de su tono grotesco, eran auténticas. El objetivo era uno solo: salvar del olvido una injusticia cometida en nombre de la justicia, antes de que el polvo de los años la enterrara definitivamente. El programa de mano de aquel estreno en Barbastro, en septiembre de 1977, se convirtió en pieza fundamental de la acusación en el consejo de guerra que nos llevó a prisión. Lo cual, pensándolo bien, es la mejor crítica que hemos recibido jamás.

Cruel Ubris
1971 Teatro

Cruel Ubris

Con El Joc dimos un paso decisivo: abandonamos definitivamente la pureza del mimo para adentrarnos en algo más difícil de etiquetar. El espectáculo se estrenó el 3 de enero de 1970 en el Aula de Teatre de l'Acadèmia de Belles Arts de Sabadell, y poco después llegó al Teatre Capsa de Barcelona. La estructura seguía siendo la de una serie de piezas breves — los jocs, los sketches —, pero el lenguaje escénico empezaba a abrirse, a incorporar nuevas texturas, nuevas insolencias. El cuerpo seguía siendo el instrumento principal, pero ya no estaba solo. No me pidan que lo explique demasiado. No se trata de un teatro literario ni de ideas, y cualquier aclaración no haría otra cosa que coartar previamente la libertad del espectador. Nosotros mismos no somos los más capacitados para explicarlo — y eso, lejos de ser una evasiva, es una declaración de principios. El cortísimo texto en catalán que atraviesa la obra está deliberadamente desprovisto de sentido lógico: solo existe en función de la expresión y el sonido, como un instrumento musical más. Nos gustaría que cada espectador se encontrara suficientemente libre para sentir lo que más le plazca, y estamos convencidos de que lo que sienta, aunque en cada caso sea una versión diferente, no dejará de ser cierto. Ubris — fatalidad del destino en el teatro griego — es un espectáculo en dos actos de mimo y pantomima con incorporación de juegos de voz y canto. Diez números, cada uno interpretado en un estilo distinto: pantomima melodramática, trágica, naturalista, absurda, parodia, pantomima clásica... Un recorrido que demuestra que el silencio tiene más registros de los que cualquier dramaturgo podría escribir. Ese año el mundo nos empezó a abrir puertas. San Sebastián nos recibió en el Festival Zero de Teatro Independiente, donde comprobamos que había una red de compañías que, como nosotros, buscaban un teatro que no se pareciera al teatro oficial. En junio cruzamos la frontera: gira por Alemania invitados por la televisión de Fráncfort, y actuación en el Festival de Mimo de Zúrich. Europa nos miraba con curiosidad. Nosotros la mirábamos a ella con hambre. El Joc fue, en ese sentido, mucho más que un espectáculo: fue la primera señal de que Els Joglars podían existir más allá de Cataluña, más allá de España, en un territorio más amplio donde el lenguaje del cuerpo no necesita traducción.

Primera época (1962-1967)
1962 Teatro

Primera época (1962-1967)

Mimodrames (1962), L'art del mim (1963), Deixebles del silenci (1965), Pantomimes del Music-Hall (1965), Doble programació infantil (1966) y Calidoscopi (1967). Todo empezó en octubre de 1962 con una tarima, un pianista y dos mimodramas de quince minutos. Nada más. Anton Font, Carlota Soldevila y yo fundamos Els Joglars casi por accidente, como una sección de la Agrupació Dramàtica de Barcelona, bajo el paraguas del Cercle Artístic de Sant Lluc. El primer espectáculo se presentó en el Palau de les Nacions de Montjuïc, en el marco del Salón de la Imagen de Barcelona, y rendía homenaje al cine mudo — el seductor, el galán, la vampiresa, la ingenua y sus tipos secundarios — representado sobre una tarima a la altura de la pantalla, como si los actores fueran realmente una proyección. Joan Pineda al piano completaba la ilusión. Era una forma de teatro que no necesitaba palabras, lo cual, en la Barcelona de 1962, tenía sus ventajas evidentes. La participación en L'òpera dels tres rals en el Palau de la Música nos costó cara: el Gobierno Civil ordenó la disolución de la ADB. Sobrevivimos bajo la protección del Cercle Artístic de Sant Lluc, incorporando durante años sus iniciales a nuestro nombre. No fue la última vez que una institución intentó interrumpir el juego. Con L'art del mim dimos el salto al escenario comercial en Terrassa y empezamos a construir algo que tuviera coherencia propia: ya no eran números sueltos, sino una serie de mimodramas independientes que juntos formaban un espectáculo con entidad. Ese concepto nos acompañaría hasta 1968. Entre Deixebles del silenci, Pantomimes del Music-Hall, la Doble programació infantil y Calidoscopi, fuimos labrando un lenguaje escénico sin texto, sin tramoya, sin red. Solo cuerpo, presencia y la convicción de que el silencio, bien gestionado, puede decir más que cualquier discurso. Así, sin grandes manifiestos ni declaraciones de principios, nació todo lo que vino después.

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