Albert Boadella
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1980 Teatro

Laetius

Laetius

Laetius significa en latín algo aproximado a más que la vida y más que la muerte. El nombre ya lo dice todo. Partimos de una premisa que en 1980 no parecía descabellada — y que hoy lo parece aún menos: la autodestrucción de la humanidad es algo que se da por sentado. La Tierra no es más que un pequeño planeta dentro del orden cósmico, destinado a producir ciclos de vida y a la vez a destruirlos, y los ingenios nucleares que nos rodeaban nos permitían afirmar con cierta tranquilidad que estábamos viviendo los últimos momentos de nuestro ciclo. Los síntomas sociales eran los de siempre, los mismos que en otras etapas finales: diluvios, Sodoma, decadencia. Todo en orden, pues, para accionar el conmutador. Pero el espectáculo no es una elegía sino un reportaje. Después del cataclismo nuclear surge una nueva forma de vida: Laetius, una criatura con cierto parecido externo al hombre actual pero con mutaciones que resultan ser ventajas, fruto de su íntima relación con la tierra y su adaptación a un planeta estéril y desértico. Laetius va creando lentamente su propia manera de vivir, de relacionarse, de evolucionar al ritmo de su entorno. Y los actores que le dan vida acaban sintiéndolo como algo propio, con un respeto y una veneración que crece a medida que lo conocen — ese afecto extraño que experimentan todos los creadores de seres vivientes, de Frankenstein a Pigmalión, cuando la criatura empieza a tener vida propia y ya no les pertenece del todo. Quizás sea esa la mejor definición del teatro.

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