Yo tengo un tío en América
1992 era un año demasiado cargado de efemérides y autocomplacencia como para dejarlo pasar sin meter la mano en el avispero. Yo tengo un tío en América nació de esa incomodidad. La idea era sencilla y brutal a la vez: situar la conquista de América dentro de un manicomio, porque, pensándolo bien, ¿dónde mejor podría desarrollarse semejante episodio de la historia humana? Los pacientes del frenopático de Pruit, sometidos a una terapia de psicodrama, reproducen a su manera delirante la vida de una tribu indígena antes del descubrimiento. Pero los locos, con su particular lucidez, confunden pronto a los médicos con los conquistadores, y ahí comienza el verdadero espectáculo. Hernán Cortés y Pizarro irrumpen en escena bailando flamenco —¿qué otra forma más honesta de retratar al conquistador?— y la destrucción y la colonización se convierten en una danza feroz y seductora. Detrás de la metáfora asoma siempre la realidad: la relación entre el poder y el sometido, entre quien tiene la llave del manicomio y quien está dentro. Al final, la selva cae. Ochenta cuerdas se desploman sobre el escenario. Y aparecen unos indios auténticos huyendo aterrorizados, perseguidos ya no por españoles, sino por anglófonos con metralletas y motosierras. Ese era el auténtico 1992.
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